Work

70% de los trabajadores estresados: qué dice la encuesta NAMI 2026

El 70% de los trabajadores está estresado, según NAMI, pero solo el 54% cree que su empresa prioriza la salud mental. Esto es lo que deben hacer los equipos de RRHH.

Person seated at a modern desk with hands pressed to temples, head bowed, in a softly lit office.

El estrés laboral alcanza niveles históricos según NAMI

Un nuevo informe de la National Alliance on Mental Illness (NAMI), publicado el 26 de mayo de 2026, revela que el 70% de los trabajadores en Estados Unidos se siente estresado por el estado del mundo. Es un salto de 11 puntos porcentuales respecto a los datos de 2024, cuando esa cifra rondaba el 59%.

Lo que más preocupa no es solo el volumen, sino la intensidad. El 30% de los encuestados se describe a sí mismo como "muy estresado", otro incremento de 11 puntos en apenas dos años. Eso significa que casi uno de cada tres empleados llega cada día al trabajo cargando con un nivel de angustia que interfiere directamente en su capacidad de concentrarse, colaborar y rendir.

El contexto importa. Las tensiones geopolíticas, la inestabilidad económica, los ciclos de noticias constantes y la incertidumbre laboral han creado un entorno donde el estrés ya no se queda fuera de la oficina. Entra con la persona, se sienta frente al ordenador y permanece ahí durante toda la jornada. Según un estudio de la OIT sobre estrés laboral, estos riesgos psicosociales se vinculan con 840.000 muertes anuales en todo el mundo. Los datos de NAMI simplemente confirman lo que muchos equipos de recursos humanos ya percibían en silencio.

La brecha de credibilidad que los responsables de RRHH no pueden ignorar

Aquí está el dato que debería generar conversaciones urgentes en cualquier empresa: solo el 54% de los empleados cree que su empleador trata la salud mental como una prioridad. Es decir, casi la mitad de la plantilla siente que su organización, aunque quizás hable de bienestar en sus comunicaciones internas, no actúa en consecuencia.

Esta brecha entre el discurso y la realidad percibida no es solo un problema de imagen. Tiene consecuencias directas en la retención. Según el mismo informe, más del 25% de los encuestados ha considerado dejar su trabajo por el impacto que este tiene en su salud mental. En un mercado laboral donde reemplazar a un empleado puede costar entre el 50% y el 200% de su salario anual, esa estadística se convierte en un riesgo financiero concreto.

La pregunta que surge es directa: ¿qué separa a las organizaciones que sus empleados perciben como comprometidas con la salud mental de las que no? No siempre es el presupuesto. Muchas veces es la coherencia entre lo que se comunica, lo que los mandos intermedios modelan en su comportamiento diario y los recursos que realmente están disponibles y son accesibles.

El problema del silencio: por qué los empleados no hablan

Los datos de NAMI también apuntan a una paradoja que bloquea cualquier avance real. Los empleados quieren formación sobre salud mental en el trabajo, hay un deseo claro de contar con herramientas, lenguaje y espacios para gestionar el bienestar. Sin embargo, una parte significativa de esos mismos trabajadores sigue sintiéndose incómoda si tiene que hablar del tema con su manager directo.

Esa incomodidad no surge de la nada. Viene de años de cultura organizacional donde mostrar vulnerabilidad se interpretaba como debilidad, donde pedir ayuda podía afectar a una evaluación de desempeño o simplemente donde nunca se vio a nadie por encima en la jerarquía abrir esa conversación. El estigma de la salud mental en el trabajo no desaparece con una política escrita o un email del departamento de bienestar.

Lo que realmente mueve la aguja es que los líderes, desde los directivos hasta los supervisores de equipo, normalicen la conversación. Cuando un manager dice en una reunión semanal "esta semana ha sido especialmente densa, ¿cómo estáis llevando la carga?", está enviando una señal cultural más poderosa que cualquier webinar de mindfulness. El cambio no viene de arriba hacia abajo en términos de política. Viene de los comportamientos cotidianos que se repiten y se normalizan.

Lo que los equipos de recursos humanos pueden hacer ahora mismo

Frente a estos datos, la tentación es diseñar un gran programa de bienestar, anunciarlo con fanfarria interna y medir el éxito por el número de inscripciones. Pero el informe de NAMI sugiere que el problema es más estructural. Antes de lanzar iniciativas nuevas, conviene auditar las existentes: ¿saben realmente los empleados qué recursos tienen disponibles? ¿Los han usado alguna vez? ¿Son accesibles en horario laboral o implican sacrificar tiempo personal?

Hay acciones concretas que los responsables de personas pueden implementar sin necesidad de grandes presupuestos:

  • Formar a los mandos intermedios para que reconozcan señales de estrés elevado y sepan cómo iniciar una conversación sin invadir ni ignorar.
  • Revisar la accesibilidad real de los programas de asistencia al empleado (EAP): ¿cuántos clics hacen falta para pedir una cita? ¿Hay lista de espera larga?
  • Incluir la salud mental en las conversaciones de desempeño de forma normalizada, no como un apartado especial de crisis sino como parte del desarrollo profesional.
  • Medir la percepción regularmente con encuestas breves y frecuentes, no solo en el ciclo anual de clima laboral. La velocidad con que cambian estas percepciones exige una escucha más ágil.
  • Comunicar con datos propios: si el 70% de tus empleados están estresados según datos externos, ¿cuál es el porcentaje en tu empresa? Tener esa cifra interna cambia la conversación de lo genérico a lo accionable.

El objetivo no es erradicar el estrés, algo que sería tanto imposible como contraproducente. El objetivo es que los empleados sientan que su organización está de su lado cuando el estrés aparece. Esa percepción, según los propios datos de NAMI, es lo que diferencia a las empresas que retienen talento de las que lo pierden en silencio.

Los números publicados este mayo no son solo una estadística más sobre bienestar corporativo. Son una señal de que la distancia entre lo que las organizaciones dicen sobre salud mental y lo que sus empleados experimentan cada día se está haciendo demasiado grande para seguir ignorándola.